Esperanza

 



Un rayo tiró al suelo aquel nogal inmenso y dos tardes tardé en tallar la canoa que ahora me transporta por el río manso, la corriente me deja navegar con mis remos también tallados en esas dos tardes de sudor e ideas nuevas. Veinte o cuarenta minutos después de salir he visto cerca de la orilla cómo una manada de lobos se fijaba en mí, me han perseguido arriba y abajo esperando que cesase en mi marcha lenta para devorarme, no sentía poder para dominar el miedo que me invadió. Llegado un punto estrecho y ya sin más escapatoria tuve que decidir bajarme y correr con la ventaja que me daría el tramo de río que los lobos tenían que cruzar para seguir en mi busca, corrí como nunca había corrido y nada vi para salvarme, corría y corría y nada había salvo llanura y nieve. No sospeché la cercanía de los lobos hasta que las patas del más veloz se apoyaron en mi espalda y me tumbaron de boca de manera apoteósica.
Recuerdo, no sé cómo, clavarle en la garganta el cuchillo que llevaba, y acto seguido otros tantos lobos se tiraron encima de mí. No sentí sus mandíbulas, creí morir, abrí los párpados a la vez que desplacé los brazos de mi cara y vi siete lobos mirándome directamente a los ojos, había herido gravemente a la loba que me tiró al suelo, pero estaba en pie y con fuerza de seguir con vida. Uno de ellos acortó los cincuenta centímetros que nos separaban hasta morder suavemente la manga del jersey que cubría mi brazo derecho con sus poderosas mandíbulas, todo con mucha calma. De repente el miedo desapareció de mi cuerpo, el lobo tiró de mi brazo indicándome que le siguiese. Lo hice.
Anduve al lado de seis lobos y una loba un tramo de unos tres kilómetros río arriba, estaba bastante cansado y me hinqué de rodillas a beber agua, ellos se sentaron cual perro doméstico esperando de nuevo mi actividad. Supe que comprendían el cansancio al que me habían sometido, así como comprendían también que yo había entendido que no les debía temer. Me recuperé y fui derecho a la loba, le miré la herida y sacó sus dientes por el dolor, la miré a los ojos, valiente, y cedió, giró la cabeza y dejó al descubierto la raja. Con el mismo movimiento con el que obligaba a tumbarse a mi pastor alemán diez años atrás la obligué a tumbarse a ella, y saqué de mi mochila un poco de anestesia en espray que llevaba, para evitar que me despedazase el brazo al intentar curarla; la curé, llené de yodo la herida y le di un beso en la mejilla, como señal de que había acabado. Fueron escasos minutos, pero los recuerdo tan vivos...
Proseguimos la marcha, un kilómetro más o menos y se pararon, el mismo lobo que mordió mi manga volvió a hacerlo y nos adentramos en el bosque. Pocos pasos di hasta que cesé mi marcha impresionado, un árbol de unos cuatro metros de diámetro y unos ocho de alto estaba tumbado en el suelo, sus raíces se alzaban al cielo, enormes e intactas. El desprendimiento de una pared de rocas había apoyado directamente sobre el árbol y este, quizá después de un largo tiempo de resistencia, había cedido por completo dejando un agujero hondo y limpio en el suelo, en el que se hallaban tres pequeños lobeznos. Les era imposible salir de allí por ellos mismos, deduje entonces que la manada me buscó para el rescate, que sabían de mi existencia en aquellas montañas, de mis capacidades, de mis formas, de mi ser. Intuí en escasos segundos que me habían estado observando desde siempre. Les miré a los ojos y sentí la empatía más pura que jamás había podido creer posible. En ellos hallé sabiduría, calma, sabían que había comprendido todo y solo tenían que esperar a que me pusiese en marcha.
No tardé mucho más de media hora en rescatar a los tres cachorros, dos eran hembra; no pasó nada, salvo que saltaban de alegría unos sobre otros. Abracé a la loba a la que había rajado a la vez que ella me llenó de babas a lametazos. Me fui río abajo hasta mi canoa, la puse a salvo antes de que la corriente acabase por sacarla del estanque donde la dejé a toda prisa y volví flotando en una vida inmensa y con tanto sentido que creí que ya podría morir tranquilo si me llegase la hora solo por la oportunidad que me acababa de brindar la naturaleza de devolver la esperanza a una manada entera.
He llegado a un punto vital jamás experimentado, la razón del suceso supera mis capacidades, no lo concibo como algo posible, pero ha sucedido. Y realidad no hay más que una, no puedo negarla. Desde entonces he armonizado toda mi vida, he sentido la esperanza de perderme en el olvido. Entre estas montañas he creído mi existencia tan mía, tan personalmente mía, que he desaparecido de los recuerdos de toda persona que me quiso.



                                                                                                                      DEDICADO A MIS ABUELAS

Comentarios

  1. Me parece precioso el mensaje y la forma de expresarlo. Solo alguien com tanta vida interior sería capaz de reflejar tanta sensibilidad

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