Aquella joven caminaba hacia el lado de calle que aún quedaba por barrer, paseando a su perro, o el perro a ella, no sabría cómo expresarlo bien.
Entonces, llegados a la altura de la línea que marcaba el rastro del cepillo, aquel perro se encaró hacia ella con agresividad, y llegó la tormenta...
Se quedó helada, agarrada con fuerza al cepillo. Sentía confusión, locura, se sintió fuera de este mundo por dos segundos; sabía que aquel perro le estaba ladrando por la espuma que salía de la comisura de sus mandíbulas, por el movimiento violento de su cabeza y su fuerza al masticar el aire. Pero no lo escuchaba, y sintió pánico. La sordera por fin la había invadido. Su mayor miedo, su mayor miedo...
En un arrebato de lucha, de rebelión, hablo y dijo a la chica: -¿Me, me..., me está ladrando?
La chica rio simpática, y calmó a su perro con dulzura.
- Sí, pero es mudo. Tuvo un tumor en la garganta y la operación se llevó al paso sus cuerdas vocales. Aún así jamás deja de ladrar, cree tanto en sí mismo que ni se para a pensar en que nadie le puede escuchar.
Soltó el cepillo y éste cayó al suelo. Escuchó aquella dulce voz desde la primera a la última palabra y le sumergió en una profunda sensación de paz. Al momento su infancia la invadió, después su juventud y su madurez, aquella fuerza implacable que la había llevado a levantar una casa y tres hijos sanos y felices.
Toda aquella fuerza se reunió dándole un bofetón que casi la hace llorar de emoción.
Quizá la estuviese abandonando el sentido del oido, pero jamás volvería a sentirse débil ante su pérdida.

Comentarios
Publicar un comentario