Crecer sin sentirnos


Vivimos en un mundo absurdo. Un mundo lleno de personas formadas muy bien académicamente, intelectualmente dotadas de herramientas sublimes para el avance de la sociedad a velocidades nunca vistas. Sin embargo, la calidad de la influencia sensorial es absurda, no existe ese afán por crear desde una profundidad introvertida. Ya no se compone música clásica inspirada en pulsiones sensoriales, ahora hay reggaetón. No se escribe literatura desde el abstractismo, ni desde una epojé, no se revelan almas, ni se entierran intelectuales. Nadie se atreve a jugársela.
Gustar por gustar, a todos nos gusta gustar. Ahora la fotografía es un don universal y el cine una lluvia fina de las que mi abuela llamaba "cala tontos". Y no soy yo más listo, ni capaz de crear esto que atiende a mi queja. Yo soy un tonto más, porque el mundo social es como una batidora que se bate a sí misma. Esto ya tiene su punto poético pues, en este mundo globalizado gracias, en gran medida, a internet, nos hemos aceptado tontos, nos gustamos y hacemos por gustarnos más y más en una tontería empática y singular, simple. 
No trascienden egos cautos pero libres, no se rompen esquemas de pensamiento, no hay líderes con pasión, ni héroes de corazón. Tan solo hay likes monetizados y actos subversivos sin alma, basados en la romantización de lo que nos pasa desapercibido.

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