Que yo ya lo sabía puede sonar engreído, pero es una gran verdad que guardo dentro de mí, porque ahí estaba, muy dentro de mí, abriéndose hueco entre mis prejuicios, presiones e inseguridades, para enseñarme su luz. Me mostraba su presencia en la zona cero de mi consciencia, y lo hacía con un mensaje claro que siempre supe leer: “cree en tu corazón, es ahí donde está la pureza de tu realidad.”
Sentir tal cosa desenmascara todo lo demás, toda esa realidad que nos imponemos, y que existe, sí, pero solo porque nosotros le damos la vida. Quizá en este punto sí que podamos compararnos a ser algo así como un ser divino, pues damos vida a realidades y tenemos, también, el poder de eliminarlas. Solo están en nuestra mente.
Ese miedo al qué dirán, esa sombra que te persigue cuando encaras a personas cerradas en banda a su ideal. Estás rompiendo las reglas de la normalidad, cásate, ten hijos, no pares ni un segundo de trabajar. Quizá traición, anomalía, rechazo, pérdida de confianza. En este punto en el que me encuentro, tan solo, quién sabe, a mitad de camino, alcanzo a ver ese suceso como algo genial. Es toda esa gente la que sobra en tu vida, y al avanzar, todo se colocará solo.
Las personas que permanecerán cerca, queriéndote y cuidándote, serán las que
vean tu profundidad, serán tu apoyo, tu bastión en el que sostenerte cuando dudes, el sentido de tu lucha contra viento y marea, contra prejuicios, miedos e inseguridades.
¿Por qué no vas a luchar por ti, si tú eres todo tu valor?

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