Este escrito no es más que el relato exagerado de un suceso mundano, una práctica de escritor.
El caos llama al caos, o eso dicen los antiguos. El universo conspira a nuestro favor si nos ponemos en sintonía con él, pero si no, nos arrolla sin control, somos como un vilano a merced del viento en una tormenta de verano.
Todo comenzó ante unos días de malas sensaciones en una casa ajena a mi, vivía allí a cambio de unas horas de trabajo, como en una especie de voluntariado. Aquella señora empezó a enturbiar mi bienestar con sus cambios de humor, y con la suma del desconocimiento que yo tenía de su idioma y su soberanía y desprecio hacia mi, me sentí pequeño y humillado, tanto que a penas conseguía levantar el mentón y mirar al frente. Estaba minando mi moral, acomodando sus frustraciones en mi nuca, castigando mi inocencia, mutilando mi bondad.
En un momento de rebeldía y lucha por mi dignidad, decidí huir casi desesperadamente un día antes de lo acordado, esa rapidez hizo que no pensase con claridad. Todo estaba oscuro para mí, no entraba aire fresco por mi ventana, y aunque eran días de sol, yo todo lo veía nublado. Mi manera de huir fue comprando billetes de avión nuevos, mismos horarios, diferente aeropuerto de salida y también de llegada; decidí cambiar el plan y pedir favores a mis amigos más cercanos de Dublín. Pero saqué esos billetes sin cuidado, dominado por el estrés de salir de allí con dignidad. En ese momento me desconecté del universo.
Todo había ido bien en este viaje, todo había fluido a su son, sin yo manipular nada, y aunque pasé por momentos de tensión e inseguridad, siempre dejé que siguiese fluyendo la situación. Hasta que la incomodidad se apoderó de mi, y a tan solo un día de completar el primer reto de los dos que contiene este gran viaje, lo abandoné, rompiendo la conexión con el feeling del planing principal. El abandono no es tan grave como pudiera sonar, no molesté a nadie, ni rompí lazos con la familia, tan solo cambié los planes, no dejé que siguiesen fluyendo en base al plan principal.
Con un poco de estrés conseguí llegar a Londres, y la verdad es que allí fui feliz, aunque pensaba que tendría esa sensación de liberación de otras veces, cuando en épocas pasadas abandoné trabajos que me atormentaban. Sentía como si..., no me hubiese liberado por completo, como si aún estuviese atado a esa nube negra. Aquellos cuatro días en Londres no los olvidaré nunca, fueron bellos, mágicos. Sin embargo me aguardaba el caos, sigiloso me esperaba escondido en el aeropuerto que abandoné. Aquél que debía ser mi plan principal y que dejé en el olvido, en un mero recuerdo de una posible imaginación de futuro que ya nunca fue. Pero los elementos se hicieron fuertes, tantas ganas le puse en su momento a aquel modo de volver de Londres, que había cobrado vida, y ahora no me iba a dejar abandonarlo así por las buenas..., ni por las malas.
En una especie de giro malévolo de las circunstancias, el tercer día decidí que no dormiría en el aeropuerto como tenía previsto, y pagué la habitación de un hostel de mala muerte. Ahí se empezó a cocer el caos.
Cuando mi último gran día turístico por el centro de Londres terminó, fui a hacer check-in a mi hostel, donde pasaría la noche hasta las 5 am, para después desplazarme al aeropuerto donde cogería el avión que me llevaría de vuelta a Dublín, donde tenía todo controlado para llegar relajadamente a mi nuevo destino. Visité mi habitación y no quise hacer mucho caso de lo que veía, el colchón de mi litera de arriba estaba profundamente manchado justo a la altura de la pelvis de cualquier persona, lo que hacía indicar que pudieran ser meados (cuanto menos), tampoco quise darle cuerda a mi imaginación, tan solo me limité a montar las sábanas limpias que me dieron en recepción e irme fuera. Un rato antes había comprado un bocadillo de jamón ibérico, algo completamente inusual en el corazón de Londres, también conocí en ese establecimiento a una familia española, muy majos ellos. Estaban hospedados en mi mismo hostel y me propusieron cenar juntos en un banco de una plaza cercana, la charla fue tranquila, muy española. Se les veía deseosos de contactar con un paisano. Yo, sin embargo, sentía que quería desprenderme de ellos y pasear un rato, buscar unas últimas sensaciones en aquella ciudad construida a base de historia.
Una vez que acabamos todos de cenar, decidí cortar la conversación y despedirme con mucho cariño. Quizá yo sería el profesor de filosofía en bachillerato de la hija de la familia, cuya edad habíamos calculado que era ideal para que yo acabase mi carrera, mi master en profesorado y comenzase mi andadura por los institutos. No está mal la profecía, sería bonito si algún día vuelvo a ver a aquella pequeña de ojos llenos de ganas de crecer y comerse el mundo.
Fui andando por la vera del río Támesis hasta que encontré un lugar algo ajeno al ruido y protegido del paso de la gente, las sensaciones empezaron a ser un poco siniestras a esas horas de la noche, pero el lugar seguía siendo mágico con el río a mis pies y el skyline de Londres enfrente de mi, todo iluminado y con la enorme noria coronando el paisaje con un color rosa intenso, allí permanecí leyendo un buen tramo de tiempo. Después fui a pasear hasta un puente cercano, e hice unas fotos muy bonitas con la noria y el Big Ben a cada orilla del Támesis. Aquellos fueron los últimos momentos bonitos antes del caos.
Me acosté en tensión, la habitación estaba poblada con otros cinco huéspedes, pude adivinar dos cuerpos de mujer y dos de hombre, el quinto, justo el que dormía debajo de mi, no logré identificarlo. Nadie saludó a mi llegada, lo cual era extraño, íbamos a dormir todos con una distancia de menos de un metro y medio entre cada uno. La desconfianza se apoderó de mi y en mi colchón también pasaron la noche mi abrigo y mi mochila, junto al móvil cargando. Hasta que la alarma sonó a las 5 am.
Me desperté sorprendido por haber dormido plácidamente unas 5 horas y media, sin duda el plan iba bien, haberme ido al aeropuerto a pasar la noche hubiese sido una tortura para mi sueño, y mi gran capacidad de adaptación hizo que olvidase el asqueroso colchón que había estado sosteniendo mi cuerpo aquellas horas. Tenía unos cuarenta y cinco minutos hasta que tuviese que salir a por mi tren, que me llevaría a mi aeropuerto, así que cogí el móvil y fui a hacer check-in de mi billete de avión, cosa que no había podido hacer el día anterior sin saber muy bien por qué. Tampoco investigué el problema cuando debí hacerlo. Ahora me encontraba ante él. Tumbado en mi cama con todo listo para partir observé que la fecha de salida de avión era el día 1 de octubre, y estábamos a 11 de septiembre, erré al comprarlo. No me puse nervioso, decidí al instante que viajaría en el avión que me llevaría hasta Cork, aquél primer vuelo que abandoné. Y solo tenía que buscar cómo llegar al nuevo aeropuerto de salida. El tiempo corría pero los nervios no, traté de solucionarlo lo más rápido posible y salí en tiempo de llegar a coger mi avión, que salía solo 15 minutos antes que el otro y al que tardaría 15 minutos más en llegar que a mi primer aeropuerto. Lo cual me metía una pérdida de 30 ́de tiempo más lo que invertí en solucionar el plan de llegada. Diez minutos andando, un metro y un tren de larga distancia que me llevaría hasta el mismo aeropuerto. Todo parecía ir bien hasta que frenó el último tren y puse mis pies en el aeropuerto. Allí encontré unas escaleras mecánicas que subían hacia él, y donde se encontraba un tapón de unas 100 personas haciendo cola para poder pasar una especie de control que no entendía para qué servía. Cuando llegó mi turno me pidieron el ticket del tren. Yo no tenía ningún ticket, había accedido al tren pagando con Contact-less desde mi móvil, pero para ese viaje estaba prohibido hacerlo de esa manera, había un cartel que lo indicaba claramente, cartel que yo no vi porque, aunque todo estaba saliendo bien, estaba invadido por la impaciencia y la prisa.
Tras perder 15 ́ hasta que se centraron en atenderme a mi, me esclarecieron el problema que tenía y la razón por la que no me dejaban entrar. Debía pagar una multa de 70 libras obligatoriamente. Unos 100€. Noticia que me cayó como un jarro de agua fría con cubitos de hielo del tamaño de un puño por encima de la cabeza en un paraje helado. Cuando advertí la situación, recordando al lector que no sabía hablar inglés y todo se hacía terriblemente más confuso, le pregunté a la joven que me estaba multando que si tenía alguna otra opción, me dijo que no, que podría reclamar la multa después.
Si hubiese tenido tiempo me hubiese parado a pensar, hubiese entendido la situación y quizá buscado alguna solución alternativa, pero mi avión se iba, tenía que correr.
Saqué mi móvil y pagué la multa que acuchillaba mis pocos ahorros, y corrí
hacia mi objetivo. Siempre había visto escenas de aeropuerto con gente corriendo
estresada porque se le escapaba su avión, pero nunca pensé que esa situación la viviría
yo. El tramo de seguridad se me hizo eterno, mis nervios habían estado controlados
hasta ese momento, de pie esperando que mi mochila saliese del escáner y rezando
para que no viesen algo anómalo que les hiciese dudar y desplazarla a la cinta de
búsqueda manual, lo que provocaría que perdiese mi vuelo. Llegar o no era cuestión
de unos pocos minutos, y las maletas que salían delante de la mía iban unas sí y otras
no a la otra cinta, siendo seleccionadas con una lentitud aplastante. Parecía que el
destino jugase conmigo, torturándome. Ahí perdí un poco mi control, y me invadieron
las ganas de llorar. Sabía que todo aquello estaba por encima de mi, que no podía
pedir el favor de que sacasen mi mochila, aquello era demasiado serio como para
individualizar un caso entre una masa inmensa de viajeros. Cuando por fin asomó,
pasaron unos segundos que se me hicieron eternos hasta que por fin la cinta avanzó
hasta mi, erradicando la posibilidad de que se la llevasen al registro manual.
Salí corriendo entre cientos de personas, iba adivinando por dónde ir conforme
avanzaba, mirando los carteles, el control volvía a estar en mi, de otra manera no
hubiese podido llegar, porque llegué, no sin antes equivocarme de pasillo y meterme
en unos baños a los que llegué, como no, corriendo. Detecté mi error al notar que la
gente me miraba raro, así que dí media vuelta y seguí corriendo haciendo caso omiso a
las expresiones de las personas de mi alrededor y enseguida encontré de nuevo el
rumbo. Estaba lejos mi puerta de embarque, seguramente corrí más de un kilómetro y
el tiempo se iba. Tres minutos antes de que cerrasen ahí estaba yo, dentro de mi
puerta de embarque y respirando casi tranquilo. Ya nada podía pasar para que
consiguiese abandonar Londres y llegar a Irlanda esa mañana, aunque ahora tendría
que solucionar el problema de trasladarme desde Cork hasta Dublín, problema que se
soluciona en unas 4,5 horas de carretera encontrando el autobús idóneo.
Cuando puse mis pies en Cork caía una lluvia fina sobre mi cabeza, bastante confuso, salí a la calle de ese pequeño aeropuerto y dejé que google maps me guiase hasta el bus que me llevaría a la ciudad de Cork, donde cogería mi autobús de 4,5 horas hasta Dublín. No me sobraba tiempo y google maps me indicaba que debía andar 15 ́ hasta mi parada, lo que me resultó muy extraño. Así que con mi inglés básico decidí preguntar a una chica más o menos de mi edad, y esta me contestó primero en inglés y segundos después adivinó mi cara de español atontado y comenzó a hablar castellano. Me indicó que la parada del bus que buscaba estaba justo bajo mis pies. Ella es argentina y también era mi ángel de la guarda para esa etapa de mi viaje de vuelta.
Durante todo el rato desde la noche anterior llevaba un libro entre mis manos que me estaba encantando, lo compré en el corazón de Londres, en una de esas librerías que también tienen cafetería y puedes sentarte a leer mientras por el ventanal ves alguna plaza histórica y la masa de turistas circulando en todos los sentidos.
Fuimos charlando en el bus, no recuerdo bien si le conté con precisión la
apoteosis del día que llevaba, pero sí que ella me ayudó a bajarme en el punto más
cercano hasta mi nueva parada de bus, me indicó las calles donde debía atajar para llegar
a la hora debida y me animó a correr, que llegaría a tiempo si lo hacía. Le dije que no,
que ya no iba a correr más, que si no llegaba a tiempo pararía a tomarme un café y
esperaría al siguiente bus, que se distanciaban en una hora. Se llamaba Cielo, no
recuerdo ahora en qué más me ayudó, pero seguro que algo más hizo. Salí de ese bus a
la vez que ella y le di un pequeño abrazo solo con uno de los brazos, quería que
supiera que estimaba su buena voluntad conmigo. Nos despedimos y caminé hasta mi
parada. Allí me dí cuenta al instante de que había dejado mi libro en el asiento del bus
donde iba sentado, y que ese bus seguía circulando por Cork, así que, como tenía una
hora hasta mi próxima salida, intenté adivinar la trayectoria y salí corriendo a un par
de paradas cercanas, por si conseguía recuperar mi libro. De haber sabido inglés
perfecto, una simple llamada a la central hubiese solucionado mi problema, para
localizar el bus en ese momento o para recuperar mi libro de alguna otra manera, pero
no tenía esa herramienta, y mi intento de localizarlo intuitivamente fracasó.
Aquello fue lo que más me dolió de todo esto. Perder ese libro fue una bofetada
tremenda, me puse triste, y eso en mi es devastador, no consigo salir fácilmente de
ese estado. Pasé las 4,5 horas de bus distrayéndome con el móvil, o pensando en
tonterías.
Cuando por fin llegué a Dublín, estaba diluviando. En Irlanda siempre llueve, o casi siempre, pero son lluvias finas, te permiten pasear, lo que sucedía en ese momento era un verdadero diluvio.
Eran las 14:00 de la tarde y una amiga me esperaba en su trabajo para devolverme la maleta que me había guardado mientras estaba en Londres. Unos 45 ́de tranvía hasta que volví a sumergirme en el diluvio, y en las puertas de su trabajo encontré la enésima frustración. Se había dejado el móvil en casa y las puertas estaban cerradas, el tiempo pasaba y nadie salía, y yo estaba resguardado en un pequeño tejado esperando cualquier movimiento. Había mirado bien pero no encontré ningún timbre, hasta que al cabo de un buen rato un obrero llegó y pulsó un botón que había pasado completamente inadvertido a mis ojos. Enseguida salió una mujer a la llamada y aproveché para pedirle que avisase a mi amiga. Yo había estado buscando ese timbre más de media hora, y no estaba ciego, mis ojos funcionaban, pero mi mente omitió ese botón, no entiendo por qué no pude verlo, lo único que acierto a suponer es que el estrés nos domina hasta tal punto que nos mete en una espiral absorbente y todo cuanto nos acontece lo interpretamos tenso y difícil y más nos sume a un estado de desánimo y más nos cuesta resolver hasta los retos más sencillos.
Me fundí en un abrazo con mi amiga, le agradecí su favor y me fui a buscar el tranvía que me llevaría a cruzar Dublín a la otra punta, hasta llegar a la parada de los buses urbanos que me llevarían hasta mi último autobús, que me llevaría por fin a mi nuevo destino.
Mi nueva anfitriona me había estado escribiendo para conocer mi situación, me recogería en un pueblo cercano a su casa, ella me había localizado aquél último autobús y se había preocupado de instruirme para cogerlo y dejarlo en el momento oportuno, intuía muy buen feeling en su forma de expresarse, era como ver una luz entre tanta negatividad.
Cuando abandoné el tranvía llovía intensamente. Mi equipaje se basaba en una mochila a mis hombros, ahora se sumaba una maleta enorme con ruedas y una mochila de ordenador que iba anclada a la maleta. Tuve que poner otro chubasquero a esta mochila para evitar un desastre, y me puse en búsqueda del bus urbano correcto.
Las calles estaban masificadas, la gente cogía y soltaba autobuses urbanos, mi gps estaba confuso, me indicaba por un lado y al cabo de unos metros cambiaba. Esto es producto de la pantalla mojada, de la aglomeración de móviles en poco espacio, o vete tú a saber... El caso es que subí y bajé de tres autobuses hasta que por fín encontré el mío. Estaba completamente empapado. Y por fin llegué.
Mi última parada, con una hora de antelación. Lo había conseguido. Me puse los cascos a todo volumen, puse el disco de “Vivir para contarlo” de Doble V y dejé que la lluvia me calase a su antojo, me invadió la paz, escuchaba absorto aquel disco de mi juventud y sentí plenitud, creo que sentí felicidad. Lo había conseguido.
Llegaba la hora de que llegase mi último autobús y no venía, pero no estaba preocupado, estaba bien situado, no podía haber fallo. Llegó la hora en punto y no venía, pero no estaba preocupado, llovía mucho y llevaría retraso. A unos 50 metros de mi, arrancaba un bus con un número diferente al mío, lo observé, se incorporó a la carretera y cuando se puso en paralelo, justo unos metros por detrás, otro autobús seguía sus movimientos. En el letrero luminoso marcaba el número de mi autobús, lo leí estupefacto. No reaccioné, la lluvia a penas dejaba visibilidad, me sentí aturdido. Mi autobús había estado aparcado a bastante distancia del cartel de su parada y ahora se iba rumbo a su destino sin mi. Fueron escasos segundos, yo solo entendí que era un auténtico novato. No lo paré, tampoco hubiese podido hacerlo, el tráfico era intenso y la lluvia densa. Este era el último autobús del día. Escribí a mi nueva anfitriona y le dije que no había podido llegar a tiempo, no podía contarle lo humillante de mi situación, así que decidí mentirle y decirle que no conseguí llegar a tiempo, también mentí al decirle que dormiría en casa de un amigo, pero no fue así, no quería que se preocupara.
Me pasé al resguardo de la lluvia, dentro de la estación de bus, intenté pasar al baño pero había que subir escaleras y mis maletas no me lo permitían, tampoco podía abandonarlas. Me senté y rompí a llorar, ya no podía más. No lo había conseguido. Sentí cómo había acariciado con los dedos la paz que transmite un triunfo contra todo pronóstico y cómo a la vez la lluvia calaba hasta mi piel, y no tenía ni donde dormir ni donde estar hasta la salida del bus al día siguiente.
"Para esto está el dinero de emergencia" fue mi resolución a mi hundimiento. Intenté coger un hostel que conocía, cercano y en buen barrio, pero no pude. Tuve que conformarme con otra opción más lejana, en un barrio que creía que era complicado, y allí que fui, no tenía otra opción, las casas de los amigos que tenía en Dublín estaban demasiado lejos, volvería a sumirme en una apoteosis de autobuses urbanos y ya no podía más.
La entrada al Hostel era cuanto menos extraña, parecía una antigua iglesia reformada. Pero cuando entré todo comenzó a cambiar. Estaba limpio y luminoso. Una chica brasileña me atendió, gracias a que su idioma es latino pudimos entendernos y resolví dejar mi maletón abajo y subir solo con lo justo a mi habitación compartida. Era pura limpieza, los pasillos estaban llenos de grafitis bonitos de paisajes, todo bien indicado. Mi habitación era de seis personas, pero cada cama era una especie de cajón cerrado con cortina, lo que implicaba privacidad y un ambiente agradable. Decidí ponerme ropa seca y no ducharme en ese momento, necesitaba cenar y beberme una cerveza, sobretodo necesitaba lo segundo. Fui en busca de una hamburguesería pero no me gustó, así que entre la lluvia seguí buscando y encontré lo que parecía una pizzería italiana de un nivel bastante alto. Pensé que me daba exactamente igual lo que me cobrasen por una pizza allí, merecía cenar como un rey.
Birra Moretti y pizza de pepperoni, era enorme, así que tuve que pedir una segunda cerveza. El ambiente era tenue, sonaba un violín en directo con una melodía muy relajada y, dado que mi primer camarero intuyó que era español, enseguida llamó a una chica latina para atenderme mejor; todo se volvió paz. Sentí que la entropía había acabado, que volvía a dominar la situación. Volví a mi cama caliente y me puse una película hasta que dormí, y desperté por la mañana con toda la energía del mundo. Los últimos coletazos de esta mini aventura fueron magia, la ducha fue tremenda, en los vestuarios un chico vino a hablarme de su admiración por Bellingham, se fue feliz ante mi aprobación de que este año ganaríamos la champions gracias a él. Otro me pidió colonia, otro me prestó su desodorante, todo de nuevo hablando en inglés, mi mente volvía a funcionar. Salí a buscar algo de desayunar y el mismo hostel tenía un bar con precios bajos y todo tipo de cosas ricas. Aquel momento fue la cumbre de la montaña, la salida del oscuro y húmedo túnel. Todo iba a ir bien, lo había conseguido.

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