Entre dos mundos

Me gustaría leer un libro que me evada por completo de mi día a día. Un libro que, sin hacerme pensar demasiado, conquiste mi mente en el acto de lectura y no deje entrar ningún otro pensamiento, llevándome en una canoa por el centro de un río no demasiado ancho, que me permita ver ambos lados con claridad, sentir la presencia de la vegetación, sus colores y olores; vibrar con los instintos de los diferentes animales con los que me cruce al surcar sus aguas, y todo ello navegando encima de una historia que fluya sin movimientos bruscos, sin chocar, sin ocasionar perjuicios; enseñándome, quizá sin querer, a encontrar acomodo para cualquier molestia que surja en el relato, sintiéndolo todo como las piezas de un puzle que encaja perfecto, formando un viaje que, de acabar en algún momento, consiga haberme liberado tan intensamente de mi realidad como a mí justo me gustaría que fuese, al leer un libro. 




Levanté mi cabeza con la fuerza de mi cuello, el resto del cuerpo aún siguió en reposo unos segundos más. Cuando mis ojos empezaron a amoldarse a la visión tan intensa de colores y luz que me rodeaba, un pensamiento me invadió, decía: no lo deja vivir, le gruñe porque le molesta su existencia. 
Y proseguí con mi despertar, ahora con una mezcla aún de ese sueño en el que había estado inmersa y la realidad inmensa que acabaría por ganar la batalla a mi consciencia. Acabé de alzar mi cuerpo de cintura para arriba, quedando sentado en la canoa en la que navegaba. Ahora sentía el agua fluir algo más veloz que nosotros, adelantándonos en una constante que parecía como si nuestro tiempo quisiera permanecer un poco más que el resto. Y, casi sin darme cuenta, acabó diluyéndose por completo de mi pensamiento ese sueño que tanto me había atrapado. Ya solo podía percatarme de que había sido algo tan profundo, que aún estando en aquel maravilloso lugar lleno de vida y de sensaciones, lo consiguió ocultar todo a mis sentidos haciéndome vivir como algo real una falsedad creada por mi mente. Qué maravilloso puede ser el mundo de los sueños, pensé, aunque también aterra ese momento en el que te das cuenta de que podrías no volver nunca a la realidad, o por lo menos que no eres tú quien decide cambiar de un plano al otro, o que, quien sabe, igual ambos planos son tan reales y no lo son, según en el que estés establecido. Estaba realmente confuso, mi corazón latía intenso ante la situación en la que me hallaba, tan solo los pájaros intervenían en mi sentido auditivo, y el viento, que rozaba suavemente mi cara, también me decía dónde estaba ahora. Mis manos agarraron un tablón, sentí el áspero de la madera barnizada, y lamí mis propios labios, que, aun secos, sabían a la humedad del clima tropical. Ejecuté aquella acción sin pensarla antes, pero fue la última pieza del puzle que tradujo en mi mente el mensaje definitivo que, aunque no se verbalizó, vino a ser algo como esto: “es aquí donde estás, la realidad, dedícate a ella.” Y volví completamente en mi. 
                                ¿a quién gruñe quien?

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