Ensayo sobre:
Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida
Giorgio Agamben
Agamben se remonta al derecho romano para mostrarnos la figura del Homo Sacer (hombre sagrado), un individuo que es condenado por un crimen: la sentencia dicta que puede ser matado impunemente por cualquiera, pero no podrá ser sacrificado por el estado.
En la imagen de este individuo aparece por primera vez la “nuda vida” (concepto clave en la tesis de Agamben). El Homo Sacer es vida desnuda (nuda vida), despojada del amparo del estado de derecho, pero simultáneamente dentro de la ley; es decir, desde el estado de derecho se suspende la ley que prohíbe acabar con su vida, ya nada le protege, es mera vida biológica, vida desnuda. Esta ambigüedad es para Agamben la clave para comprender cómo operan hoy en día los estados. Y es que ésta medida arcaica no ha sido abandonada, sino que es fundadora, forma parte de los cimientos del poder soberano, aunque permanece oculta.
Un estado de derecho se forma cuando un poder constituyente (generalmente un pueblo) instaura un marco jurídico estable que limita el uso arbitrario del poder. Se constituyen instituciones sobre las que se delegará el poder, actuando dentro de la ley establecida. Lo que nos muestra Giorgio Agamben es que este modelo colapsa cuando el soberano, en lugar de someterse al orden normativo, se sitúa en un umbral donde puede suspender la ley sin abandonarla, como sucede con el Homo Sacer, aunque en la cara opuesta de la moneda. Este mecanismo es un estado de excepción donde la norma jurídica no desaparece, sino que permanece como forma vacía. El poder soberano tiene así la capacidad de crear “nuda vida” (recordamos, vida despojada de sus derechos como ciudadano) cuando la situación se empiece a escapar de su control.
El pensamiento político moderno fue configurado en gran medida por los teóricos del contrato social. Hobbes, Locke y Rousseau postulan que los individuos, provenientes de un estado de naturaleza previo, instituyen un Estado destinado a proteger sus vidas, libertades y propiedades. Aquí Agamben mira desde los ojos de los antiguos Griegos y hace un claro énfasis en la dualidad de cada individuo, que es a la misma vez zoé (simple hecho de vivir, vida natural) y bíos (vida en sociedad); y rebate la tesis contractualista diciendo que el estado de naturaleza no es un estado previo, sino que forma parte de la estructura del estado. El poder soberano la usa para someter al orden social, haciéndola resurgir en el estado de excepción. La política occidental no surge del acuerdo entre iguales para proteger la vida, sino del poder de decidir sobre el “bíos” de las personas, pudiéndolas despojar del estado de derecho, y creando “nuda vida”.
Será Foucault el que inaugure el concepto de Biopolítica, que hace referencia a que la política gestiona vidas, convirtiendo la especie y el individuo en objetivo de las estrategias políticas, administrando la salud, la higiene, la demografía, etc. Y es que Agamben deja claro que no se puede entender la política actual si no es desde una perspectiva biopolítica. El poder soberano ya no necesita declarar un estado de excepción general, sino que puede operar de forma inmanente sobre la vida con micro-decisiones soberanas que modulen el comportamiento de la sociedad, a veces creando leyes sin contenido, protocolos sanitarios, ilegalidades ambiguas; decisiones que individualmente pueden parecer insignificantes, pero en conjunto constituyen una manipulación sobre la vida, que en cierto modo es despojada de su estado de “bíos”, aun sin sacarlo de él.
Un ejemplo contemporáneo sobre el caso de “ilegalidades ambiguas” es la ley orgánica 4/2015, de 30 de marzo, de protección de la seguridad ciudadana, comúnmente llamada como “ley mordaza” que fue aprobada por el Partido Popular y criticada ampliamente por organismos internacionales, juristas y organizaciones de derechos humanos por vulnerar derechos fundamentales como la libertad de expresión, manifestación y reunión; paradigmáticamente, el PSOE luchó contra ella y propuso su derogación o modulación si alcanzaban el poder, algo que nunca llegó a cumplir, quizá por el favor que hace al soberano al mantener al ciudadano asustado y sujeto en dichas restricciones.
Pero Agamben lleva la tesis de Foucault al extremo, aceptando que el totalitarismo no es una anomalía, sino la actualización extrema de las estructuras invisibles del poder soberano. El nazismo no es un retroceso bárbaro, sino la consumación técnica y sistemática de la lógica biopolítica: un estado que se organiza completamente en torno a la producción, clasificación y exterminio de vidas biológicas (judíos, discapacitados, enemigos del pueblo...) Foucault olvida mencionar los campos de concentración, que son el lugar donde el estado de excepción adquiere un estatus físico. Dentro de éstos no existe el estado de derecho, la vida de las personas que entran quedan completamente desnudas, a merced del criterio de las autoridades que se hallan en el interior.
El campo no representa una ruptura con la legalidad, sino la lógica interna de un poder que necesita suspender la ley para operar plenamente. Estas formas de operar no se han extinguido, Agamben nos muestra cómo nos podemos encontrar pequeños campos de concentración en cualquier lugar, en centros de retención de fronteras, en campos de refugiados que han salido de su estado de derecho y ahora no pertenecen a ninguno, etc...
Agamben nos invita a estar atentos, pues el campo de concentración no es nuestro pasado, sino nuestro presente estructural.
- Agamben, G.: Homo sacer (I): el poder soberano y la vida nuda. Valencia, Pre-Textos, 2013.
Por: Francisco Almansa Ruiz

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